dimecres, 26 de novembre de 2008

Contra Bolonya o l'atracció per la subversió

La contenció dels comunicats de la Universitat de València arran de l'intent d'ocupació per part dels estudiants (?) del Rectorat i del boicot a la reunió del Consell de Govern d'esta institució acadèmica cinc voltes centenària no deixen de ser contundent -tant les declaracions del Rector com en la nota de condemna del propi Consell de Govern-.

D'arrel no es pot estar amb els violents i ho és intentar ocupar la Universitat de València a la força per unes protestes conta un procés d'adaptació a Europa que beneficia objectivament els estudiants.

S'han de condemnar els fets i oblidar-se de connivències amb els provocadors, amb els que es creuen viure una intifada cada dia. Este tipus d'accions batasuneres atrauen molt els jóvens que aprofiten per manipular els antisistema de sempre. [El nacionalisme valencià sovint també cau en este parany].

Els fets m'han recordat un extracte d'una entrevista del passat mes de maig al filòsof francès Alain Finkielkraut. Sé que és provocador i gens benvingut entre certs sectors de l'esquerra. Com diu Anasagasti -al seu blog la vaig recuperar- ens trobem davant una societat que venera la subverció.


"P.- ¿Cuáles de las abdicaciones de principios considera más graves?.

R.- Podría citar entre ellos esta idea de la juventud como valor supremo. Una de las fotos más desgraciadas del movimiento es la que muestra a Jean-Paul Sartre postrado ante el joven Cohn-Bendit. Es un momento histórico, estremecedor: los adultos abdican, se convierten en seguidores de los jóvenes, dejan la batuta en el atril. Ofician el suicidio de la madurez. Ésa es la consecuencia más grave del 68. Los adultos se retiran para dar el poder a los niños, a los adolescentes, a los estudiantes. Olvidando el compromiso de la educación y de la transmisión de valores. El 68 sustituye la figura del hombre cultivado por la del niño mimado. He aquí el resultado de aquel movimiento y la herencia que todavía vivimos hoy.


P.- También alude usted al dogmatismo de la democracia.
R.- Hay un gran malentendido en torno a la idea de la democracia. Y del igualitarismo, que se ha ido extendiendo como principio en todos los ámbitos de la existencia. Pero la igualdad y la democracia no tienen nada que hacer en la cultura ni en la educación. Se ha puesto en discusión la asimetría entre el profesor y el alumno. Se les ha colocado en un mismo plano. Igual sucede con la cultura. Ha desaparecido la jerarquía de los valores estéticos: tanto vale la ópera como el rap, la belleza como la trivialidad. Hannah Arendt decía que la cultura consiste en saber elegir la compañía. La compañía de un libro, de una película, de una persona. Ahora no hay lugar a la elección. Elegir es distinguirse, distinguirse es jerarquizar, jerarquizar es excluir y excluir es discriminar. Insisto: el lugar de la democracia es la política y la justicia social. Pero en otros ámbitos, como el cultural y el educativo, se imponen distintas reglas. El drama de nuestro tiempo consiste en haber convertido en derechos del hombre todas las cosas materiales y espirituales. Es así como se ha pasado de la transmisión de valores a la construcción individual del propio saber, invocando el principio del igualitarismo. El profesor autoritario se confunde con el opresor, la jerarquía, con la represión.